En altura, el agua tarda más en hervir y el viento roba eficiencia. Un paraviento ligero, ollas anchas y recetas sencillas devuelven control cuando la fatiga aprieta. Una sopa con carbohidratos lentos reconcilia cuerpo y ánimo, y un té especiado calienta conversación y manos. Planificar combustible con margen, etiquetar raciones y probar el hornillo antes de salir evita frustraciones. Cocinar se transforma en un acto de cuidado que reúne al grupo alrededor de un fuego portátil.
Dormir bien a 2.500 metros exige capas equilibradas y ventilación que evite condensación sobre el saco. Acomodar colchoneta, escoger una ligera pendiente para que el agua escurra y orientar la entrada de la tienda lejos del viento son detalles que valen oro. Tapones, antifaz y un ritual breve de estiramientos borran ruidos del día. Al despertar, el cuerpo agradece cada decisión minúscula tomada la noche anterior, devolviendo calor, claridad y ganas de avanzar con paso sereno y estable.
Asignar un lugar fijo a frontal, guantes y mapa permite encontrarlos a oscuras sin ansiedad. Bolsas de distinto color separan comida, abrigo y herramientas, y una lista corta pegada al interior de la tapa evita olvidar lo esencial al partir de madrugada. Este orden, lejos de rigidez, libera creatividad en lo importante: observar la luz que llega desde el glaciar, escuchar crujidos del hielo o ajustar la ruta con datos frescos. Menos caos, más atención útil.